– Estarás bien, Anna -añadió Jonas en un tono que Em adivinó lleno de emoción. Después de todo, se trataba de su hermana pequeña.

Em miró a Jonas y se percató de que él también esperaba que lo tranquilizaran. Quería datos objetivos. Como cirujano, era seguro que conocía las estadísticas, pero quería oírlas en voz alta.

Cáncer era una palabra que asustaba, y la única manera de conjurar el miedo era plantarle cara.

Él estaba pidiendo ayuda y Em estuvo a punto de darle la mano. Su sonrisa desapareció. Los dos hermanos tenían miedo de la misma cosa.

Anna respiró hondo y reunió fuerzas para decir:

– Si… si fuera cáncer, se reproducirá. Yo me moriré. Mis hijos… Sam, Matt y Ruby… Ruby sólo tiene cuatro años. ¿Quién velará por ellos?

– Anna, me he pasado las últimas veinticuatro horas montando a caballito a tus tres monstruos -dijo Jonas en tono de víctima-. Quiero mucho a tus hijos y, naturalmente, los cuidaría, pero mi espalda te estaría muy agradecida si nos dejaras que arreglemos las cosas para que vivas.

– Yo…

– Por favor, Anna.

Anna volvió a tomar aliento.

– No tengo otra opción ¿verdad?

– No la tenemos -repuso Jonas incorporándose en la silla. Se frotaba las manos una y otra vez. Había estado sometido a una gran tensión, preguntándose qué era lo que le ocurría a su hermana. La respuesta le había significado un cierto alivio, ya que había diagnósticos mucho peores que el cáncer de pecho-. Anna, yo adoro a tus hijos, pero seguro que estarán mejor con su mamá que con su tío Jonas -sonrió de una manera tan atractiva que Em sintió que su interior se revolucionaba. ¡Qué estupidez! Tenía que hacer un esfuerzo por concentrarse en lo que él estaba diciendo-. Estoy dispuesto a quedarme en Bay Beach mientras me necesites. Y tengo la impresión de que a la doctora Mainwaring también le vendría bien un poco de ayuda. ¿Y qué puede hacer un hombre con dos mujeres desvalidas, sino quedarse? -preguntó sonriendo de nuevo-. Así que vamos a organizar lo de las pruebas y a ponemos en marcha, por favor.



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