– No me extraña que estés exhausta.

– Sí. No se dan cuenta de que, arriesgándose ellas, me hacen correr riesgos a mí -dijo con amargura-. Bueno, no, eso no es lo que quería decir. Yo no he corrido ningún riesgo.

– Claro que sí. Has estado a punto de romperte el corazón por la muerte innecesaria de un bebé -repuso Jonas comprendiéndolo todo. Se levantó y la miró unos instantes, luego le tendió las manos. Era el gesto dominante de un hombre acostumbrado a salirse con la suya, y Em, sorprendida, las tomó. Él la ayudó a levantarse y, al notar su cálida fuerza, ella sintió que le transmitía una extraña sensación de ánimo.

¿Una sensación peligrosa?

Jonas no aparentaba haberse dado cuenta.

– He tomado una decisión. Lo que necesitas, doctora Mainwaring -le dijo Jonas en tono solemne-, es chapotear en el agua. Y yo soy precisamente la persona que te va a empujar. Quítate las sandalias.

– Sí, señor -ella estaba sorprendida, pero dispuesta.

– Yo también me quitaré los zapatos y los calcetines -con una sonrisa, se agachó para hacerlo-. Y para que lo sepas… esto es todo un privilegio. No hay muchas mujeres por las que me descalzaría.

– ¿Sabes? Ya lo había adivinado.

Él alzó la vista para mirarla y sonrió más aún.

– Claro que lo habías adivinado. No en balde somos socios. Y una mujer necesita saber mucho sobre su socio, aunque vaya a serlo sólo durante un mes.

CAPÍTULO 3

CHAPOTEARON durante mucho tiempo. Se alejaron casi un kilómetro de la ciudad sorteando las olas que' rompían sobre la playa. Por fortuna, el busca de Em no sonó ni una vez. Era como si la ciudad, que le había deparado tantos disgustos durante las veinticuatro horas anteriores, se hubiera dado cuenta de que su único médico estaba al borde del colapso. Em necesitaba ese descanso mucho más de lo que- se imaginaba.



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