– Puede…

– Pero no es seguro -parecía tan decepcionado que a ella casi le dio la risa.

– Probablemente lo haría -dijo para tranquilizarlo. O para hacerlo sonreír.

Y lo consiguió.

– Eso me haría sentir mucho mejor. Si me llama alguien con un uñero en el dedo gordo del pie y tengo que cortarle la uña podrida a las tres de la mañana y oler los pies malolientes de un granjero, me haría sentir muchísimo mejor saber que mi socia está durmiendo tranquilamente en su casa con el cabello desparramado por encima de la almohada.

– Y con su perro a los pies y la puerta bien cerrada con pestillo -reaccionó ella como si estuviera cerrando la puerta en ese mismo momento.

– ¿De veras? -él parecía sorprendido por su desconfianza, y Em no pudo reprimir más la risa. Ese hombre era ridículo. Deliciosamente ridículo.

– Sí, doctor Lunn. Con la puerta cerrada con pestillo. ¿Crees que soy ingenua, o qué?

Como respuesta, Jonas le apretó más la mano.

– No tendrías que cerrar la puerta, porque yo estaría fuera recortando uñas de los pies. Además, doctora Mainwaring -su tono se hizo terriblemente serio-, creo que puedes ser muchas cosas, pero nunca diría que eres una ingenua.

La había pillado por descuido. No estaba preparada para hablar en serio.

– Jonas…

– Emily… -replicó él con el mismo tono de duda que Em, y ella no pudo reprimir la risa.

– Eres imposible, Jonas. Tenemos que ver a Anna.

– Así es -suspiró-. Así es. Pero podemos volver aquí otra noche, ¿verdad?

– Quizá.

– ¿Qué tipo de respuesta es esa? -su tono era de indignación. Era imposible no reírse.

– Es una respuesta sin riesgos -contestó Em y, de pronto, sintió que estaba corriendo un riesgo, que estaba en peligro. Se soltó de su mano y empezó a correr-. ¡A que te gano hasta el coche, Jonas Lunn!

Em se sorprendió de que Jonas no la siguiera. Por el contrario, se quedó inmóvil observando su figura recortada contra la luz de la luna, volando hacia el coche por encima de las dunas.



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