En efecto, había un bulto en el pecho de Anna, cerca del pezón. Era del tamaño de un guisante y se movía cuando Em lo palpaba.

– ¿Desde cuándo te has dado cuenta de que lo tienes? -preguntó Em mientras examinaba el resto del pecho. No había nada más. Solo el pequeñísimo bulto.

– Hace cuatro semanas.

– ¿Solamente? Eso es estupendo -dijo Em. Anna estaba tumbada en la camilla detrás del biombo y Jonas podía oírlas-. Algunas mujeres se preocupan por un bulto como este durante un año o más sin hacerse examinar. No tienes ni idea del perjuicio que puede causar tardar tanto.Pero tú has venido muy pronto y es muy pequeño. Tiene menos de un centímetro.

Anna temblaba bajo sus manos, temerosa de mirar a, Em a los ojos.

– Entonces, ¿es cáncer?

– Puede que sea un pequeño cáncer de mama -repuso Em. No tenía sentido intentar tranquilizarla cuando lo que importaba era que se hiciera las pruebas necesarias-. Pero también es muy posible que sea un quiste inofensivo. Los quistes en el pecho son muy frecuentes, mucho más que el cáncer, y se parecen mucho. Hace falta una biopsia para distinguirlos.

– Entonces esto puede ser una pérdida de tiempo. Si sólo es un quiste, puedo irme a casa y olvidar la cuestión -dijo Anna esperanzada.

– Todavía no -contradijo Em-, porque puede que tu primera idea sea la correcta. Por tu edad, estás en un grupo de bajo riesgo, pero hay que descartar esa posibilidad.

– Pero no quiero saberlo -dijo Anna cubriéndose la boca para no llorar-. Si es cáncer… Quisiera estar bien por tanto tiempo como sea posible. Tengo tres hijos y quiero poder cuidarlos. Jonas me hizo venir, pero si es cáncer, es preferible no saberlo.

– Ahí es precisamente dónde te equivocas -dijo Em devolviéndole la blusa y dándole un pañuelo de papel. Cuando Anna se vistió, Em apartó el biombo para que Jonas pudiera participar en la conversación-. Es mucho, muchísimo mejor saberlo.



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