
Ella lo creía y no se resistió más.
– Me parece maravilloso. La consulta es toda tuya. Pero, primero, veamos a tu hermana.
– No quiere decirme qué tiene, pero está muy asustada.
Media hora más tarde Em estaba en su despacho. Lo que había pasado le parecía mentira. Delante de ella estaba Anna Lunn, pálida y callada. Jonas, que le agarraba la mano para infundirle ánimo, estaba igual de serio.
– No sé lo que está pasando, doctora Mainwaring -dijo él. Había pasado a un tono formal, lo cual era una buena idea. La consulta debía ser estrictamente profesional-. Anna no me cuenta nada. Ella y yo nos distanciamos hace mucho tiempo y nunca ha dejado que la ayude, aunque educar a sus hijos sola ha debido de ser una pesadilla. Pero ahora… Vine a verla hace un par de semanas y hay algo que la atemoriza. No quiere decirme lo que es, pero la conozco y sé que es algo malo.
– ¿Anna? -Em se dispuso a prestarle atención a la mujer.
Anna era pelirroja como su hermano, pero ahí terminaba su parecido. Aunque era más joven que él, parecía mucho mayor. Los rizos de su pelo eran desiguales, y sus ojos verdes tenían una expresión de derrota.
Parecía como si la vida le hubiera dado muchos golpes, y que el último la fuera a desbordar.
– ¿Sí? -su voz era solo un susurro.
– ¿Preferirías que tu hermano saliera para que me cuentes lo que te pasa en privado? -preguntó mientras dirigía una mirada a Jonas.
– Si tú quieres, me voy -ofreció él, preparándose para salir, pero Anna alargó la mano y lo retuvo. Jonas volvió a sentarse y le dijo con dulzura-: Anna, dinos lo que te pasa. Estamos contigo hasta el final. Los dos. Pero tienes que decirnos lo que ocurre.
Anna respiró hondo y miró a Em asustada.
– Cuéntanos, Anna -dijo Em con dulzura, y la chica se estremeció.
– No sé, no sé si puedo hacerle frente. Mis hijos…
– Dinos.
– Tengo un bulto en el pecho. Creo que es cáncer de mama.
