
Actualmente —es importante que comprendas esto— suele haber cuatro hombres en un turno de guardia: dos en la casa y dos en la calle; pero cuando lo de la chica, el jefe prefería que hubiera el mínimo per- sonal de seguridad, al menos dentro, así que esa noche Rapava estaba solo. Tiró el cigarrillo, salió de la sala de guardia, cruzó la cocina y entró en el vestíbulo. El teléfono era un viejo aparato de pared de antes de la guerra. ¡Dios mío, qué fuerte sonaba! Levantó el auricular en mitad de un timbrazo.
—¿Lavrenti? —dijo un hombre.
—No está aquí, camarada.
—Búsquelo. Soy Malenkov. —La voz habitual-mente tranquila estaba ronca de terror.
—Camarada…
—Búsquelo. Dígale que ha sucedido algo, algo en Blizhny.
—¿Sabes lo que significa Blizhny, muchacho? —preguntó el anciano.
Estaban los dos en una minúscula habitación del piso 23 del hotel Ucrania, apoltronados en un par de sillones baratos, tan cerca que casi se tocaban las rodillas. La lámpara de la mesilla de noche proyectaba sus sombras sobre la cortina de la ventana: una, un perfil huesudo y calvo por la edad; la otra, a uno carnoso, de mediana edad.
—Sí —respondió el más joven, al que todos llamaban Chiripa Kelso —. Sí, sé lo que significa Blizhny.
«Claro que lo sé —tenía ganas de decir—. ¡Di clases de historia soviética durante diez jodidos años en Oxford!»
Blizhny quiere decir «cerca» en ruso. «Cerca», en el lenguaje del Kremlin de los cuarenta y cincuenta, era la abreviatura de «cerca de la dacha». Y «cerca de la dacha» quedaba Kuntsevo, en las afueras de Moscú… Una valla doble de todo el perímetro, trescientos hombres de las tropas especiales del NKVD{Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores, policнa secreta soviética. (N. de la T.)} y ocho cañones antiaéreos de 30 mm camuflados, todo oculto en el bosque de abedules para proteger al solitario y anciano residente de la dacha.
