Kelso esperó a que el viejo siguiera, pero Rapava, de pronto, parecía preocupado. Trataba de encender un cigarrillo pero no podía. Los dedos no conseguían desprender las endebles cerillas de cartón. No tenía uñas.

—¿Qué hizo entonces? —Kelso se inclinó y le encendió el cigarrillo, tratando de que el gesto enmascarara la pregunta y no se le notara el entusiasmo en la voz. En la pequeña mesa que había entre ellos, oculta entre botellas vacías, vasos sucios y un cenicero con paquetes de Marlboro estrujados, había una grabadora en miniatura que Kelso había puesto cuando Rapava no miraba. El viejo dio una calada ansiosa, contempló la brasa del cigarrillo con gratitud y arrojó las cerillas al suelo.

—Si sabes lo que es Blizhny —dijo al fin apoyándose contra el respaldo—, entonces sabes lo que hice.

Treinta segundos después de contestar el teléfono, el joven Papú Rapava llamaba a la puerta de Beria. El miembro del Politburó Lavrenti Paviovich Beria, envuelto en un quimono abierto de seda roja a través del cual se le desparramaba la tripa como un gran saco de arena, le gritó a Rapava «capullo» en mingreliano y le dio un empujón en el pecho que lo hizo retroceder por el corredor a trompicones. Como iba descalzo avanzó sin hacer ruido por el pasillo hacia la escalera; los pies blancos y sudados dejaban un huella húmeda sobre el parquet.

Rapava vio el interior del cuarto por la puerta abierta: la gran cama de madera, el pie de una pesada lámpara de metal con forma de dragón, las sábanas carmesí, las extremidades blancas de la chica, despatarrada como para un sacrificio. Tenía los ojos muy abiertos, la mirada perdida y vacía. No hizo esfuerzo alguno por cubrirse. En la mesilla de noche había una jarra de agua y unos frascos de medicamentos. Sobre la alfombra Aubusson amarilla clara había un montón de pastillas esparcidas blancas y grandes.



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