
—¿Y adonde fueron al salir de Kuntsevo?
—Llevé al camarada Beria de regreso a su casa, camarada.
—¿Directamente a su casa?
—Sí, camarada.
—Está mintiendo.
—No, camarada.
—Miente. Tenemos un testigo que los vio, a ustedes dos, en el Kremlin poco antes del amanecer. Un centinela con el que se cruzaron en un pasillo.
—Sí, camarada. Ahora me acuerdo. El camarada Beria dijo que tenía que ir a recoger algo a su oficina…
—¡Algo a la oficina del camarada Stalin!
—No, camarada.
—¡Mientes, traidor! ¡Tú y Beria, el espía inglés, entrasteis en la oficina de Stalin y robasteis los papeles! ¿Dónde están esos papeles?
—No, camarada…
—¡Traidor! ¡Ladrón! ¡Espía!
Cada palabra iba acompañada de un puñetazo en la cara. Una y otra vez.
Te diré una cosa, muchacho. Hasta el día de hoy nadie sabe exactamente qué le pasó al jefe. Ni siquiera ahora que Gorbachov y Yeltsin han vendido a precio de saldo todos nuestros jodidos derechos a los capitalistas y permitido que la CÍA se haga un picnic con nuestros archivos. Los papeles sobre el jefe siguen siendo material reservado. Lo sacaron a escondidas del Kremlin envuelto en una alfombra y tumbado en el suelo de un coche, y algunos dicen que Zhukov le pegó un tiro esa misma noche. Otros dicen que lo mataron al cabo de una semana. Aunque la mayoría sostiene que lo mantuvieron vivo durante cinco meses, ¡cinco meses!, sudando la gota gorda en un bunker subterráneo del Distrito Militar de Moscú hasta que lo fusilaron tras un juicio secreto.
Sea como sea, lo mataron. En Navidad ya estaba muerto.
Y esto es lo que me hicieron a mí.
Rapava levantó los dedos mutilados y los movió. Después se desabrochó la camisa con torpeza, se sacó los faldones de dentro de los pantalones y giró el torso escuálido para enseñarle la espalda. Tenía toda la columna vertebral llena de espantosas cicatrices, ásperas y rugosas, resultado de haber estado en carne viva. El estómago y el pecho eran espirales de tatuajes negroazulados.
