Parece, dijo el subsecretario después de observar a Rapava durante un rato, que el camarada Stalin en los últimos años se había acostumbrado a tomar notas que lo ayudaban en su titánica tarea. Las escribía en hojas corrientes de papel o en un cuaderno de tapas de hule negro. Sólo unos pocos miembros del Presidium estaban al tanto de la existencia de esas notas, además del camarada Poskrebishov, el antiguo secretario del cama-, rada Stalin, a quien el traidor Beria había encarcelado hacía poco, acusado de falsos cargos. Todos los testigos coincidían en que el camarada Stalin guardaba esos papeles en una caja fuerte personal en su oficina privada, de la que sólo él tenía la llave.

El subsecretario se inclinó hacia adelante. Sus ojos oscuros escrutaron el rostro de Rapava.

Tras la trágica muerte del camarada Stalin se hicieron intentos de localizar la llave, pero no se encontró. Por lo tanto, el Presidium decidió que se forzara la caja fuerte en presencia de todos sus miembros para ver si el camarada Stalin había dejado material de valor histórico o que pudiera resultar útil al Comité Central en su enorme responsabilidad de designar al sucesor del camarada Stalin.

La caja fuerte se abrió como correspondía, bajo la supervisión del Presidium, y salvo algunos objetos de poco interés, como el carnet del partido del camarada Stalin, no había nada.

El subsecretario se sentó en el borde del escritorio, directamente delante de Rapava. Vaya, era un tremendo cabrón, muchacho, un auténtico cachas.

—Sabemos, gracias al camarada Malenkov —dijo—, que en la madrugada del 2 de marzo, usted fue a la dacha de Kuntsevo en compañía del traidor Beria, y que los dejó solos con el camarada Stalin durante unos minutos. ¿Sacaron algo de la habitación?

—No, camarada.

—¿Nada de nada?

—No, camarada.



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