
– ¿Has visto a la gata? -le preguntó.
– ¡Me había olvidado de ella! -exclamó la asistenta-. La encerré en la cocina para que no molestara.
El equipo de bomberos que estaba en el vestíbulo de la mansión le dijo que no podía entrar, así que Lindy corrió a la parte trasera de la casa.
Con lágrimas en los ojos, se preguntó si sería capaz de hacerlo.
No estaba segura. La puerta estaba abierta. Lindy sentía las piernas se le doblaban de miedo. Pensó en la gata, se sobrepuso al pánico, tomó aire y entró. Una vez dentro, avanzó corriendo por el pasillo, pasando por delante de innumerables puertas cerradas.
De repente, se paró en seco. El olor del humo la había paralizado. El miedo estaba pudiendo con ella. Los recuerdos se agolpaban en su mente. Pero el sentido común hizo acto de presencia y pudo seguir adelante.
Agarró una toalla y se la puso sobre la cara porque le lloraban los ojos copiosamente y la nariz y la garganta le ardían. Mucho antes de llegar a la puerta de la cocina, le costaba respirar.
Oyó un estrépito horroroso al otro lado de la puerta y estuvo a punto de flaquear, pero, al imaginarse a la pobre gatita muerta de miedo, se recordó a sí misma siendo pequeña, estando atrapada y horrorizada dentro de una casa incendiada, así que volvió a reunir valor y abrió la puerta en el mismo instante en el que un hombre gritaba a sus espaldas.
– No abras la puerta… ¡No! -le dijo.
Pero Lindy no hizo caso.
Al entrar, vio que el techo estaba en llamas. Había unos cuantos cascotes en el suelo, pero, por lo demás, todo estaba bien. Sin embargo, hacía un calor insoportable. Dolly se había refugiado debajo de la mesa. Se trataba de una gata vieja, gordita y de buen carácter, pero, en aquellos momentos de pavor, no estaba muy tranquila que dijéramos.
Lindy se abalanzó sobre ella al mismo tiempo que oía un crujido ensordecedor sobre ella. Cuando se disponía a alzar la cabeza para mirar, alguien la agarró en brazos y la sacó de allí. En aquel momento, una viga del techo cayó sobre la mesa y todo comenzó a arder.
