En aquel momento, varios hombres bajaron de los coches que habían llegado y se acercaron a la carrera. Atreus Dionides les dio instrucciones en griego y los hombres, a los que Lindy había identificado como sus guardaespaldas, salieron corriendo en dirección a la casa.

– ¿Van a entrar? ¿Es seguro? -se asombró Lindy.

– Si no lo fuera, no les habría dicho que entraran -contestó Atreus Dionides-. El fuego está lejos de la biblioteca. Necesito mi ordenador portátil y los documentos que tengo allí.

Lindy no se podía creer que aquel hombre prefiriera recuperar papeles de trabajo en lugar de los maravillosos cuadros que, según le había contado Phoebe, cubrían las paredes de la mansión. ¿Se daba cuenta aquel hombre de la velocidad con la que las llamas se comen un edificio? Los recuerdos de su infancia se apoderaron de Lindy, que se estremeció de pies a cabeza.

Apretando los puños, se acercó a Phoebe, que estaba de pie junto a unas cuantas personas más, mirando como quien ve una película.

– Vamos, hay que sacar las obras de arte -les dijo.

En un abrir y cerrar de ojos, había organizado una fila de voluntarios y se pusieron a sacar los cuadros. Lindy siempre había tenido grandes dotes de organización y no le costó nada coordinar al personal. En cuanto los guardaespaldas de Atreus Dionides se unieron a ellos, la cadena comenzó a funcionar con velocidad. No tardaron mucho en sacarlo todo. Gracias a Dios, muchas de las estancias todavía estaban vacías a causa de las obras.

Cuando hubieron terminado, Lindy se quedó mirando las mangueras que apuntaban ya hacia el tejado. El olor del humo la ponía histérica.

– Las llamas van hacia el tejado -anunció Atreus Dionides.

– ¿La gata ha salido? -le preguntó Lindy.

– ¿Qué gata? -contestó Atreus, extrañado-. No tengo animales.

Lindy corrió entonces hacia Phoebe.



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