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– ¿Has dejado a Sarah? -preguntó Lindy girándose hacia Ben.
– Sí, quería que fuéramos en serio. ¿Por qué las mujeres siempre me hacéis lo mismo? -preguntó su amigo con aire torturado.
Lindy estuvo a punto de decirle que se mirara al espejo. Recordaba perfectamente que ella también había caído rendida ante los encantos de aquel rubio de ojos verdes y carácter encantador. Eso había sido cuando se habían conocido en la universidad. Claro que, desde el principio, Ben la había puesto en la sección de amigas. No había tenido nunca ninguna posibilidad y se había pasado muchos días deseando ser menuda, rubia y extrovertida en lugar de tímida, callada y prudente.
Con el tiempo, Lindy había superado el enamoramiento y se había convertido en testigo de las relaciones de Ben. Él lo único que quería era pasarlo bien. Nada de compromisos. Trabajaba en la City de Londres, tenía tanto dinero que se podía comprar todo lo que quisiera, desde un descapotable último modelo hasta ropa carísima, y siempre iba al gimnasio de moda.
Aun así, no era feliz.
– Supongo que, si no querías lo mismo que ella, has hecho bien en dejar la relación -comentó pensando en la pobre chica.
– ¡Qué bien cocinas! -suspiró Ben tomando otro bocado de la tarta de zanahoria que Lindy había preparado.
Lindy apretó los labios, sabedora de que aquellas dotes nunca le hacían merecedora de puntos por parte del sexo masculino. Estaba convencida de que era demasiado oronda. Desde que la habían comparado con la diosa de la fertilidad en el colegio, había sufrido innumerables burlas en aquel sentido, lo que la había llevado a desdeñar sus pechos voluptuosos y sus generosas caderas. Las dietas y el ejercicio no le habían servido de nada, tenía buen apetito y todo se le iba a esos dos sitios.
Ben siempre salía con chicas menudas y muy delgadas. A su lado, ella era enorme y gorda.
Lindy había dejado la universidad cuando su madre se había puesto enferma. Al ser hija única y al no haber dinero en su casa, había tenido que dejar los estudios para cuidar a su progenitora hasta su triste final. Fallecida su madre y cuando se disponía a retomar sus estudios de Derecho, había caído enferma. Cuando se recuperó, había perdido el interés por el Derecho y se buscó un trabajo en una oficina.
