– ¿Seguro que no te importa cuidar a Pip? -le preguntó Ben por enésima vez mientras se dirigía a la puerta.

– Se lo va a pasar muy bien, ya lo verás -contestó Lindy esquivando la pregunta.

Lo cierto era que el perro de su amigo no era su mascota preferida. Se trataba de un chihuahua que era, en realidad, de la madre de Ben. El perrillo, aunque diminuto, tenía muy mal carácter. Ladraba y gruñía constantemente y, si te descuidabas, te mordía.

– No tendrías que haber dejado el coche aquí -comentó Lindy, acompañando a Ben-. No tengo sitio para los coches frente a la casa y el propietario me ha dicho que prefiere que las visitas dejen los coches fuera.

– El nuevo propietario te está haciendo la vida imposible, ¿eh? -le contestó Ben montándose en el coche y bajando la ventanilla para seguir hablando.

Lindy se quedó de piedra al ver aparecer una limusina negra. Sin pensarlo dos veces, se agachó y se quedó agazapada y escondida tras el coche de Ben.

– ¿Pero qué haces? -le preguntó su amigo.

– .¡No arranques hasta que haya pasado la limusina! -murmuró Lindy roja como la grana.

La limusina avanzó a poca velocidad por el camino que llevaba a la casa principal y se perdió al doblar un recodo. Lindy se levantó lentamente y miró incómoda con sus preciosos ojos violetas en la dirección que había tomado el vehículo.

– ¿Qué pasa? -insistió Ben anonadado.

– Nada -contestó Lindy, encogiéndose de hombros sin mucha convicción.

Dicho aquello, se despidió de Ben, que pasaría al día siguiente a recoger a su chihuahua, y corrió hacia su casa, donde encontró al desagradable perro gruñendo a Sausage, que se había refugiado debajo de una silla.

Había pasado un mes y medio desde que Lindy había conocido a Atreus Dionides y el encuentro había tenido lugar en unas condiciones humillantes. Cada vez que recordaba que el millonario griego la había pillado completamente desnuda, Lindy se quería morir. Era el primer hombre que la veía así.



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