Había sabido al instante quién era, pues había visto su fotografía en el periódico local, que había publicado un artículo sobre él cuando había adquirido Chantry House. En aquella fotografía en blanco y negro ya le había parecido guapo, aunque también demasiado serio. Al natural, Atreus Dionides era un dios del Mediterráneo.

– Está usted en propiedad privada.

Lindy había cruzado de brazos sobre el pecho.

– Eh… lo siento. No volverá a suceder. Si se va, me vestiré y me iré yo también.

– No me pienso ir -había contestado él-. No ha contestado a mi pregunta. ¿Qué hace aquí?

– Hace calor y me quería refrescar un poco -había contestado Lindy diciéndose que todo lo que tenía de guapo lo tenía de tonto, pues era evidente lo que hacía allí.

– ¿Desnuda? Es evidente que me estabas esperando, pero te ha salido mal la cosa, guapa, porque yo no voy por ahí manteniendo relaciones con mujeres que me encuentro desnudas en mitad del campo -había comentado el millonario con desdén.

Al comprender que aquel hombre creía que se había desnudado y se había metido en el agua para que la encontrara así y se acostara con ella, Lindy lo miró estupefacta.

– ¿Quién ha sido? ¿Qué miembro de mi servicio le ha dicho que iba a venir por aquí?

– ¿Siempre tiene esta actitud tan paranoica? -le había contestado Lindy-. Estoy empezando a tener frío, así que aléjese para que me pueda vestir e irme.

Aquello de que lo llamara «paranoico» no le debió de hacer gracia, pues apretó los dientes y la miró furibundo.

– ¿Quién le dijo que iba a estar hoy aquí? -insistió.

– Nadie, de verdad -contestó Lindy cada vez más sorprendida-. Soy una de sus inquilinas, por si no lo sabe. Me gustaría salir del agua e irme a casa.



7 из 116