
– ¿Así que es una de mis inquilinas? ¿Y se atreve a entrar en mi propiedad a pesar de las instrucciones que hemos dado para que nadie viole mi intimidad? -le preguntó Atreus Dionides todavía más enfadado.
– Vivo en The Lodge, sí -contestó Lindy-. Le aseguro que, si hubiera sabido que estaba en casa, jamás habría venido al río -añadió sinceramente-. Por favor, compórtese como un caballero, dese la vuelta y siga su paseo -concluyó muerta de frío.
– Eso de comportarse como un caballero hace mucho tiempo que pasó de moda -contestó Atreus Dionides, sacándose el teléfono móvil del bolsillo-. Ahora mismo voy a llamar a seguridad.
Aquello hizo que Lindy perdiera la cabeza.
– ¿Es siempre así de grosero? -le espetó-. Le he pedido perdón. ¿Qué más quiere? Soy mujer, me estoy muriendo de frío en esta agua helada y usted me amenaza con llamar a más hombres para que me vean así. Tengo mucho frío y me quiero vestir.
– Pues vístase -le había contestado Atreus Dionides mirándola con sus oscuros ojos.
Lindy ya no podía más. Le estaban doliendo los pies a causa del frío. Mirando un punto fijo en el horizonte, salió del agua. Atreus Dionides no se giró, se quedó mirándola y no le pidió perdón.
El hecho de que ningún hombre la hubiera visto desnuda antes hizo que todo aquel episodio fuera todavía más duro para Lindy. Avergonzada hasta las náuseas, se había puesto los vaqueros y la camiseta a toda velocidad. Por supuesto, no iba a perder tiempo en secarse para ponerse las braguitas y el sujetador, así que se vistió mojada. Después, se había ido a la carrera a su casa.
Al llegar, se había dejado caer en el porche y había llorado de humillación y de rabia.
Dos días después, había recibido un impresionante ramo de flores con una nota de disculpa de Atreus Dionides y su número de teléfono para que lo llamara y quedaran para salir a cenar.
¡Menudo caradura!
Lindy se llevaba muy bien con Phoebe Carstairs, la mujer que iba a limpiar la casa. La asistenta también limpiaba en la casa principal y le había contado que el nuevo propietario era un donjuán, que todos los fines de semana se llevaba a una joven nueva y que ellas se acostaban con él la primera noche. Por lo visto, todas eran rubias y flacas.
