Elinor era consciente de que tenía un rostro agraciado y una linda figura, pero los hombres no solían acercarse a ella si la veían de pie.

Unas horas después, Elinor se despidió de Louise, que había ligado y se iba a casa con su admirador. Ella, por el contrario, había pasado una vergüenza terrible cuando un chico se había acercado a ella para invitarla a bailar y, al verla ponerse en pie, había cambiado de parecer porque apenas le llegaba al hombro.

A partir de ese momento, sus amigos y él habían estado mirándola y comentando como si fuera un monstruo de feria. Para poder hacer como si nada de todo aquello le importara, había bebido de más.

Suspiró aliviada cuando la limusina enfiló el camino de entrada de Woodrow Court, avanzó a través de las imponentes verjas de hierro y se paró ante la preciosa casa estilo Tudor.

Le extrañó que hubiera encendidas más luces que de costumbre. Al salir del vehículo, inhaló profundamente para despejar la mente e intentó caminar recto hacia la puerta, que se estaba abriendo.

Estaba cruzando el vestíbulo con paso indeciso cuando un hombre joven salió de la biblioteca, lo que atrapó su atención. No lo conocía de nada, pero era muy guapo, tan guapo que Elinor se quedó sin aire y tuvo que parar para inhalar de nuevo. El desconocido tenía el pelo negro y lo llevaba peinado hacia atrás, pómulos altos, nariz recta y arrogante y mentón agresivo. Tenía unos rasgos muy atractivos y unos preciosos ojos oscuros de mirada profunda. Mientras avanzaba hacia ella, Elinor percibió su brillo y sintió que el corazón comenzaba a latirle aceleradamente.

Jasim no estaba de buen humor. No le había hecho ninguna gracia llegar a pasar el fin de semana y enterarse de que su hermano y su cuñada se habían ido y estaban ilocalizables, lo que daba al traste con su excusa para pasar un par de días en Woodrow Court y ver con sus propios ojos lo que estaba sucediendo.

– ¿Es usted la señorita Tempest?



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