
– Tampoco estás viajando nada -comentó Louise-. A mí, por lo menos, me han llevado a Chipre diez días.
– No te creas que me emociona viajar -mintió Elinor, a quien los comentarios malintencionados de Louise estaban molestando sobremanera.
¿Por qué se esforzaba en mantener aquella amistad que tan poco le aportaba?
En la exclusiva discoteca les dieron bebidas gracias a las invitaciones del príncipe. Menos mal porque eran carísimas y no habrían podido pagarlas.
Elinor se recordó que era su cumpleaños e intentó olvidarse de la sensación de decepción que la llevaba acompañando toda la semana. Se sentía sola. Su trabajo era muy solitario y echaba de menos tener adultos con los que hablar, así que se dijo que debía aprovechar.
Woodrow Court era un lugar precioso, pero estaba aislado de todo, en mitad de la nada. Los padres de Zahrah viajaban mucho y dejaban a su hija en casa para que no perdiera días de colegio, así que Elinor se veía obligada a prescindir de su libertad ya que, cuando ellos se iban, esperaban que la niñera se hiciera cargo de su hija las veinticuatro horas del día.
Elinor iba a tener que volver a dormir a Woodrow Court porque el príncipe no quería que su hija quedara a cargo de ninguna otra persona de servicio. Claro que, después de los comentarios de Louise, ya no le importaba tanto no quedarse a dormir con ella.
– Ya te han echado el ojo -comentó su amiga con envidia.
Elinor no miró en la dirección indicada por Louise. Le solía resultar difícil relacionarse con el sexo opuesto. Sobre todo, porque era extraordinariamente alta para ser mujer. Siempre les sacaba Ia cabeza a los chicos. Normalmente, no había problema mientras estaban sentados charlando, pero, cuando se ponían en pie y veían lo alta que era, salían corriendo. En su experiencia, había visto que los hombres preferían mujeres más bajitas que ellos a lasque pudieran mirar desde arriba.
