
– ¿Qué pasaría si Zahrah se despertara y la viera así? -le preguntó mirándola a los ojos y dándose cuenta de que su cuerpo estaba reaccionando de manera inequívoca a la presencia de aquella mujer.
Si miraba a su hermano igual, entendía perfectamente que Murad se sintiera tentado. Ya sólo el contorno y el volumen de sus labios eran invitación más que suficiente.
– La enfermera que lleva con Zahrah desde que nació duerme en la habitación contigua a la de la niña, así que no hay por qué preocuparse. No hay necesidad de mostrarse tan intransigente.
A Jasim le sorprendió que le contestara así. Aquella chica era una desvergonzada. No le había pasado desapercibido que disponía de una limusina a su disposición. Eso demostraba el trato de favor de su hermano hacia ella, lo que demostraba que los miedos de Yaminah tenían fundamento.
– ¿A mi hermano también le habla así?
– Su hermano, que sí que es mi jefe, es mucho más agradable. Yo no trabajo para usted y, además, tengo derecho a tener vida social -contestó Elinor, elevando el mentón en actitud desafiante-. Ahora, si no le importa, me gustaría acostarme.
Jasim supo en aquel mismo instante que la deseaba a pesar de lo descarada que era. Quería tenerla desnuda, tumbada ante él en la cama, quería hacerle el amor hasta que le suplicara. Él, que normalmente sabía mantener a raya sus pasiones, estaba sorprendido ante la intensidad de lo que estaba sintiendo.
Ninguna mujer se le había resistido jamás.
Ninguna mujer le había hecho perder jamás la cordura. Ni siquiera aquélla con la que había tenido intención de casarse.
Sin embargo, mientras observaba a Elinor Tempest subiendo las escaleras como podía para no caerse, supo que no iba a parar hasta que hubiera conseguido acostarse con ella.
