
Elinor llevaba unas delicadas sandalias y una de ellas se le resbaló, y se encontró perdiendo el equilibrio y gritando cuando su cuerpo se balanceó peligrosamente hacia atrás.
Menos mal que pudo agarrarse a la barandilla.
– No es seguro beber tanto -puntualizó Jasim, agarrándola con fuerza de la cintura para que no se cayera.
– No necesito que me ayude -le dijo ella furiosa-. Odio a la gente que va por la vida dando sermones a los demás. Seguro que es usted de los que dicen «ya te lo dije» -añadió, quitándose las sandalias para evitar otros tropiezos.
El olor de su pelo y de su piel embriagó a Jasim. Aquella mujer olía a melocotón y le evocó el calor del verano y el calor del sexo. Seguro que era una buena amante. Por cómo vestía y por cómo se comportaba, era evidente que no tenía nada de ingenua.
No podía dejar a Murad solo ante el peligro. Su hermano no sabía controlarse y aquella chica era una vampiresa. Era evidente que tenía que vigilarla. Para empezar, le urgió para que subiera las escaleras.
– Ya está… a partir de aquí ya puedo yo solita -murmuró Elinor cuando llegaron a su habitación-. Ha sido usted la guinda del pastel. Qué cumpleaños tan horrible -se quejó con amargura-. Por favor, me gustaría que me dejara a solas.
Jasim la miró desde la puerta y decidió que, en cuanto consiguiera llevársela a la cama, Murad se olvidaría de ella. No iba a decir que fuera a ser un sacrificio acostarse con aquella belleza. Al imaginársela con la melena desparramada sobre la almohada, mirándolo con aquellos ojos verdes y con la boca entreabierta, esperando su penetración, se dijo que aquel encuentro iba a ser mucho más agradable de lo que había previsto.
Jasim llevaba mucho tiempo sin cortejar a nadie en Quaram y echaba de menos la excitación. Le apetecía jugar con aquella gatita, a la que seguro que conseguiría llevarse a la cama porque nunca ninguna mujer le había dicho que no.
