
Elinor se quedó de piedra. ¿El príncipe le pedía perdón? ¿Le deseaba feliz cumpleaños y le mandaba flores? No se lo podía creer. Al recordarlo, tuvo la impresión de que era el hombre más arrogante, marimandón y orgulloso que había visto en su vida. Nunca habría dicho que era de los que pedía perdón.
Evidentemente, se había equivocado al juzgarlo.
Era la primera vez que un hombre le mandaba flores y estaba anonadada y encantada.
Zahrah entró corriendo en su habitación y la abrazó. Se trataba de una chiquilla de cuatro años llena de vida.
– ¡Buenos días, Elinor! -la saludó-. ¿Bajamos a desayunar?
Así que bajaron. Elinor estaba a punto de dirigirse al comedor de diario cuando Ahmed, el mayordomo, la interceptó. Zahrah le hizo de intérprete y le dijo que iban a desayunar con su tío Jasim en el comedor principal.
Al entrar, la niña corrió hacia el príncipe con un grito de júbilo y le pasó los brazos por el cuello. Elinor tuvo tiempo de fijarse en él, que se había levantado para saludarlas. A la luz del día, era más alto y más guapo todavía. Lo cierto era que no podía apartar la mirada de él. Aquel hombre dominaba la estancia con su presencia y Elinor se encontró subyugada por sus rasgos. Le latía el corazón aceleradamente y le costaba respirar con normalidad. Cuando el príncipe sonrió a su sobrina, Elinor sintió que su carisma la recorría como un rayo de pies a cabeza.
– Buenos días, señorita Tempest -murmuró indicándole que se sentara en la silla que había junto a la de él-. Por favor.
Elinor tuvo que hacer un gran esfuerzo para poner a sus piernas a caminar hacia el sitio indicado. Habría preferido sentarse más alejada de él, pero no tenía opción. Sentía un revuelo en el estómago parecido al de mil mariposas batiendo las alas y no sabía qué hacer con las manos. Se sentía ridícula, como una colegiala tímida y tonta que no sabe lo que hacer.
