
– Gracias por las flores -murmuró a toda velocidad para que Zahrah, que estaba hablando con Ahmed, no la oyera.
– De nada -contestó el príncipe posando en ella su penetrante mirada.
– Le debo una disculpa… anoche estuve muy grosera -comentó Elinor.
– Fue toda una experiencia para mí, una experiencia completamente nueva -contestó Jasim.
– ¿Lo dice porque está acostumbrado a que nadie le conteste? Seguro que nadie se atreve a llevarle la contraria.
– Nadie -contestó Jasim con sinceridad y naturalidad.
A continuación, observó cómo Elinor lo miraba con los párpados bajados. Aunque estaba seguro de que lo tenía todo ensayado, no pudo evitar pensar que aquella dulce gatita no tenía nada que ver con la leona pelirroja que le había increpado la noche anterior. Era una buena actriz y sabía sin duda lo que hacía, pues el despliegue de timidez e ingenuidad podría engañar a cualquiera. El truco de hablar en voz baja y de no mirarlo a los ojos era estupendo. Aquella inseguridad y aquella inocencia eran las típicas cosas que les encantaban a los hombres mayores.
Jasim comprendía perfectamente que su hermano estuviera dispuesto a cometer una locura. Con él, sin embargo, no le iban a servir aquellos truquitos. Claro que tenía ventaja sobre Murad porque, al ser más joven, estaba más cerca de la edad de Elinor Tempest.
Como Yaminah lo había invitado a pasar el fin de semana en su casa mientras ellos estaban fuera, Jasim tenía intención de no dejar pasar la oportunidad.
– ¿Más café? -le peguntó, chasqueando los dedos con naturalidad para que un criado les sirviera-. ¿Por qué dijo ayer que su cumpleaños había sido horrible? -quiso saber dirigiéndose de nuevo a Elinor.
Dicho aquello, se quedó mirándola fijamente. Elinor se encontraba muy nerviosa y tensa.
– No me parece apropiado hablar de ello ahora, señor.
– Aquí el único que decide si algo es apropiado o no soy yo -contestó Jasim, poniéndose serio-. Hable.
