
Yaminah apretó los labios y se le saltaron las lágrimas. Se apresuró a disculparse y a sacar un pañuelo de tela del bolso para enjugárselas
– No quiero molestarte, pero…
– Nunca me has molestado -la tranquilizó Jasim sentándose frente a ella y tomándola de las manos-. ¿Qué ocurre?
Yaminah tomó aire profundamente y lo soltó lentamente.
– Es por… es por la niñera -contestó.
– Si la niñera que ha contratado mi personal de servicio no te gusta, despídela -la autorizó Jasim con firmeza.
– Ojalá fuera tan sencillo… -suspiró Yaminah-. Es una niñera muy buena y Zahrah la adora. Me temo que el problema es… Murad.
Jasim tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dar un respingo. Su hermano era un ligón empedernido y no sería la primera vez que sus dotes seductoras causaban problemas. Aquella debilidad no era una buena cualidad para el futuro monarca de un pequeño país petrolero y conservador como Quaram.
Esperaba que no hubiera caído tan bajo como para intentar seducir a un miembro del servicio.
– No puedo despedirla. No quiero que Murad se enfade. Creo que, de momento, no es más que un flirteo sin importancia, pero es una chica muy guapa, Jasim. Además, si se va de casa y se le ocurre hablar, todo el mundo se enteraría y tu hermano no se puede permitir otro escándalo.
– Tienes razón. A mi padre se le está terminando la paciencia.
Por no decir que, tal vez, su delicado corazón no pudiera soportar otro escándalo de su primogénito.
¿Cuándo iba a aprender su hermano a tener un poco de sentido común y a anteponer su familia a sus deseos? Murad no parecía dispuesto a dejar de seducir a mujeres jóvenes y guapas ni aun estando casado y siendo padre.
Esa vez, Jasim se sentía responsable en alguna medida, pues había sido su personal de servicio quien había contratado a la niñera. ¿Cómo no se le había ocurrido decirles que no contrataran a mujeres jóvenes y guapas?
– ¡Ayúdame, Jasim, por favor! -le rogó Yaminah con ojos implorantes.
