– No creo que Murad quiera escucharme.

– No, pero puedes ayudarme de todas maneras -insistió Yaminah.

Jasim frunció el ceño. Su cuñada sobreestimaba la influencia que tenía sobre su hermano mayor. Murad llevaba cincuenta años siendo el heredero al trono de Quaram y sabía de su importancia. A pesar de que lo quería mucho, tenía que reconocer que a su hermano le gustaba salirse con la suya y hacer siempre lo que le viniera en gana… aunque eso significara pisar a otros.

– ¿Cómo?

Yaminah se mordió el labio inferior.

– Si tú mostraras interés por la niñera, el problema se solucionaría -declaró en un repentino arrebato de entusiasmo-. Tú eres más joven y estás soltero y Murad es ya un hombre de mediana edad y está casado. Seguro que la chica te prefiere a ti…

A Jasim no le hizo ninguna gracia aquella idea.

– Yaminah, por favor… sé razonable.

– Lo estoy siendo. Estoy convencida de que, si tu hermano, creyera que te gusta la chica, la dejaría en paz -declaró Yaminah con mucha seguridad-. Se pasa el día diciendo que está deseando que conozcas a una mujer…

– Sí, pero no una que le guste a él.

– No, te equivocas. Desde que… tuviste aquella relación con… aquella chica inglesa hace unos años, Murad está muy preocupado porque ve que no te casas. Ayer mismo me lo dijo. ¡Por eso sé que, si tú mostraras interés en Elinor Tempest, él se olvidaría de ella! -declaró su cuñada desesperada.

Jasim estaba tenso. De hecho, había palidecido, pues no le gustaba recordar el episodio al que había hecho referencia Yaminah. Cuando la prensa amarilla había sacado tres años atrás la vida licenciosa de la mujer con la que pensaba casarse, había sufrido una humillación y una rabia que no quería ni mentar.

Desde entonces, había decidido permanecer soltero y sólo buscaba mujeres para que le calentaran la cama.

«Cuanto menos espera uno, mejor», se dijo.



3 из 101