
Estaba decidido a librar a Yaminah de aquella cazafortunas que amenazaba con destrozar lo que él más quería.
– Madre mía, ¿qué te ha pasado? -le preguntó Louise mirando a Elinor-. Pero si antes vestías como una abuela.
Elinor hizo una mueca de disgusto ante aquella crítica. Suponía que nunca había querido seguir la moda porque su padre siempre la había regañado cuando se le había ocurrido ponerse algo que marcara mínimamente sus curvas o que dejara al descubierto las rodillas.
Ernest Tempest era un catedrático de universidad y un esnob intelectual y pedante que siempre se había mostrado despiadadamente crítico con su única hija. Elinor había tenido que irse de casa para poder vivir su vida, pero, para ser sincera consigo misma, no se habría comprado aquel vestido si no hubiera sido porque la dependienta le había insistido mucho.
Elinor recordó el reflejo que le había devuelto el espejo unas horas antes. Se trataba de un vestido que marcaba su figura y dejaba al descubierto sus piernas bien torneadas. Elinor se llevó la mano al escote ante la mirada crítica de su amiga.
– Me encantó y me lo compré.
Louise puso los ojos en blanco.
– Claro, como ahora debes de ganar una fortuna… ¿Qué tal se vive con los reyes? ¿Ya tienes cuenta en Suiza?
– Claro que no -contestó Elinor-. En cualquier caso, me gano hasta el último centavo. Trabajo muchísimo.
– ¡Sí, ya! ¡Pero si sólo tienes que cuidar de una niña y va a la guardería! -protestó Louise poniéndole a Elinor una copa en la mano-. ¡Anda, bebe! ¡No seas aguafiestas, que cumples veintiún años!
Elinor probó el brebaje dulzón, que no le gustó nada. No quería que Louise, que tenía un genio endemoniado, se enfadara con ella y sabía que la gente que no bebía no le gustaba y no paraba hasta que conseguía que bebiera.
