
Se habían conocido haciendo la formación de cuidadoras infantiles y habían seguido siendo amigas después, pero Elinor era consciente de que su amiga estaba picajosa y sabía que era porque a Louise le había costado meses encontrar un trabajo decente y tenía celos de que ella hubiera tenido más suerte.
– ¿Qué tal el trabajo? -le preguntó Louise de repente.
– El príncipe y su mujer viajan mucho. A veces se van al extranjero o pasan los fines de semana en Londres, así que yo me tengo que quedar con Zahrah y apenas tengo tiempo libre. A veces, me siento más su madre que su niñera. Incluso voy yo a las cosas del colegio…
– ¡Algo tendría que tener de malo ese trabajo tan bueno! -le espetó Louise.
– En esta vida, nada es perfecto -contestó Elinor, encogiéndose de hombros-. Los demás miembros del servicio son de Quaram y sólo hablan su idioma, así que me siento un poco sola. ¿Nos vamos? Nos está esperando el coche.
Cuando el príncipe Murad se había enterado de que era su cumpleaños, había insistido en regalarle entradas para la discoteca más de moda de Londres y había puesto una limusina con chófer a su disposición para que pudiera volver a Woodrow Court a la hora que le diera la gana.
– Sólo se cumplen veintiún años una vez en la vida. Disfruta y pásatelo bien -le había dicho el padre de Zahrah-. El tiempo pasa muy rápido. Recuerdo que, cuando yo cumplí tu edad, mi padre me llevó a cazar con halcón al desierto y me instruyó sobre lo que no debía olvidar jamás cuando fuera rey. Nunca pensé que treinta años después todavía seguiría esperando -había añadido con amargura-. Por supuesto, si mi padre así lo cree conveniente, tendrá sus razones, pues es un hombre de gran sabiduría.
Elinor tenía al príncipe por un hombre benevolente que creía en el amor, en la confianza y en la lealtad. Desde que había perdido a su madre con diez años, Elinor había carecido de todo aquello y todavía lo echaba de menos. ¡Ojalá su padre hubiera sido la mitad de benevolente que el príncipe!
