
—¡Diablos! —exclamó Shelgá—. ¡No cabe duda de que P. P. Garin no se dedicaba aquí a la pirotecnia!
—¿Qué es eso, Vasili Vitálievich? —inquirió Tarashkin, señalando una pirámide de una pulgada y media de altura y casi una pulgada en la base, hecha de una sustancia grisácea.
—¿Dónde ha encontrado eso?
—Ahí hay un cajón lleno.
Después de examinar y de oler la pirámide, Shelgá la dejó en el borde de una mesa, hincó en uno de sus costados una cerilla encendida y se retiró al rincón opuesto del sótano. La cerilla prendió fuego a la pirámide, que fulguró con llama azulenca y estuvo ardiendo poco más de cinco minutos, sin humo y casi sin olor.
—A la próxima vez no volveremos a hacer tales experimentos —dijo Shelgá—. Hubiera podido ser una vela de gas, y, en tal caso, no hubiéramos salido vivos de este sótano. Bien, ¿qué hemos sabido? Trataremos de establecerlo: en primer lugar, el asesinato no ha tenido por fin la venganza ni el robo. En segundo lugar, hemos averiguado el apellido del muerto: P. P. Garin. Eso es todo, por el momento. Quizás objete usted, Tarashkin, que Garin puede ser el hombre que se marchó en la barca. Es poco verosímil. Quien escribió el apellido en la tabla fue el propio Garin. Psicológicamente, eso está claro. Si yo, pongamos por caso, descubriera un aparato maravilloso, de seguro que, entusiasmado, escribiría mi apellido, y en ningún caso el de usted. Sabemos, además, que el muerto trabajaba en el laboratorio: por tanto, él es el inventor, es decir, Garin.
Shelgá y Tarashkin salieron del sótano y, después de encender un cigarrillo, se sentaron en la terracilla, de cara al sol, esperando al agente y al perro policía.
