Ello significaba que los asesinos necesitaban a toda costa hacerse con algo muy importante o matar al hombre aquel.

Si se admitía que únicamente deseaban asesinar al hombre, hubieran podido hacerlo mucho más fácilmente acechándolo camino del chalet; de otra parte, la posición del cadáver demostraba que lo habían atormentado antes de clavarle el puñal. Los asesinos necesitaban sacarle al hombre aquel un secreto que no quería descubrirles.

¿Qué querrían de él? ¿Dinero? Era poco probable que el hombre, al ir de noche al chalet abandonado para dedicarse a la pirotecnia, llevara encima una suma considerable. Seguramente, los asesinos querían arrancarle un secreto relacionado con sus ocupaciones nocturnas.

Así, pues, el curso de sus pensamientos hizo que Shelgá volviera a examinar con detenimiento la cocina. Apartó los cajones de la pared y descubrió una cuadrada boca que llevaba a una bodega de esas que suelen hacerse en los chalets bajo el piso de la cocina. Tarashkin encendió un cabo de vela y se tendió de bruces, iluminando el húmedo subterráneo, al que descendía muy despacio Shelgá por una resbaladiza y carcomida escalera.

—¡Baje con la vela! —gritó Shelgá desde la oscuridad—. ¡Mire donde tenía su verdadero laboratorio!

La bodega se extendía bajo todo el chalet: junto a las paredes de ladrillo había varias mesas de tablas sobre caballetes, unos bidones de gas, un pequeño motor y una dínamo, unas bañeras de cristal de las empleadas para la electrólisis, herramientas de cerrajero y, en todas las mesas, montones de ceniza…

—¡Mire lo que hacía! —exclamó un tanto desconcertado Shelgá, examinando los gruesos maderos y las hojas de hierro apoyados contra la pared. Las hojas y los maderos aparecían perforados en muchos lugares y algunos cortados por la mitad; los cortes y los orificios parecían quemados y fundidos.

Una tabla de roble mostraba orificios de un diámetro de una décima de milímetro, como si hubiesen sido hechos con una aguja. Unas grandes letras que se veían en medio de la tabla decían así: “P. P. Garin”. Shelgá dio la vuelta a la tabla y en la parle opuesta vio las mismas letras, pero al revés: por un procedimiento incomprensible, aquella tabla de tres pulgadas había sido quemada, de parte a parte, con aquella inscripción.



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