Apenas vio la dirección —“Varsovia, calle Marzalkovska”—, salió a la sala, se ubicó detrás del encolerizado caballero e hizo una seña al telegrafista. Este, torciendo el hocico, se metió gruñón con la política de los panis y se puso a extender el recibo. El polaco, resoplando de rabia, rebullía inquieto, haciendo crujir sus zapatos de charol. Shelgá examinó atento sus grandes pies, se alejó luego hacia la puerta y, señalando con la cabeza al polaco, dijo al agente de guardia:

—Sígale.

Las pesquisas hechas el día anterior con el perro policía llevaron del chalet en el bosquecillo de abedules al río Krestovka, donde se perdía el rastro: por lo visto, los asesinos habían tomado allí una barca. Aquel día no se había podido obtener ningún otro dato. Era evidente que los criminales estaban bien ocultos en Leningrado. La revisión de los telegramas tampoco había dado nada que valiera la pena. Sólo el último, dirigido a Varsovia, a un tal Semiónov, encerraba algún interés.

El telegrafista entregó el recibo al polaco, que hundió dos dedos en el bolsillo del chaleco, disponiéndose a pagar. En aquel momento se acercó rápidamente a la ventanilla, con el texto de un telegrama en la mano, un hombre guapo, de ojos negros y puntiaguda barbita, que, esperando su turno, contemplaba con tranquila antipatía la abultada panza del irascible polaco.

Después, Shelgá vio que el hombre de la barbita ponía todos sus músculos en tensión: había visto la mano con los cuatro dedos y, al instante, miraba al polaco a la cara.

Sus ojos se encontraron. El polaco abrió la boca, lleno de asombro. Sus hinchados párpados se dilataron. Sus turbios ojos reflejaron espanto. Su rostro, como si fuera el de un monstruoso camaleón, mudó de color adquiriendo un tinte plomizo.



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