
Shelgá comprendió repentinamente qué pasaba, pues había reconocido al individuo de la barbita: era el doble del hombre asesinado en el chalet…
El polaco emitió un ronco grito y se dirigió con increíble rapidez a la salida. El agente de guardia, que tenía la orden de seguirle a cierta distancia, lo dejó salir a la calle y echó tras él.
El doble del muerto continuó junto a la ventanilla. Sus ojos de mirada fría, rodeados de oscuras sombras, no expresaban nada que no fuera sorpresa. Se encogió de hombros y, cuando el polaco desapareció, entregó al telegrafista el siguiente texto:
“París. Bulevar des Batignolles. Lista de Correos 555. Emprenda inmediatamente análisis. Eleve calidad 50% Mediados mayo espero primera partida. P. P.”
—El telegrama se refiere a unos trabajos científicos que lleva a cabo un camarada mío en comisión de servicio en París, enviado por el Instituto de Química Inorgánica —dijo el hombre al telegrafista.
Luego, muy pausado, sacó del bolsillo una cajetilla de cigarrillos, golpeo en la tapa uno de ellos y lo encendió con mucha parsimonia. Shelgá se acercó al hombre y le dijo muy cortés:
—¿Podría usted escucharme unos segundos?
El hombre de la barbita lo miró, bajó los ojos y respondió con gran amabilidad:
—Con mil amores.
—Soy un agente del servicio de investigación criminal —se presentó Shelgá, entreabriendo su carnet—. ¿Quizás busquemos un lugar más adecuado para nuestra conversación?
—¿Quiere usted detenerme?
—¡No tengo la menor intención. Quiero advertirle que el polaco que acaba de salir corriendo está dispuesto a asesinarle del mismo modo que asesinó ayer al ingeniero Garin en la isla Krestovski.
El hombre de la barbita quedó un instante pensativo, pero no perdió ni su cortesía ni su tranquilidad.
—Con mucho gusto. Vamos, tengo quince minutos disponibles.
