
De la noche a la mañana tragaban apresuradamente todas las bebidas imaginables. Sus vellosos dedos hacían del aire dinero, dinero, más dinero… En su mayor parte habían llegado de América, país maldito en el que la gente andaba con el oro por la rodilla y se disponía a comprar a bajo precio, como una ganga, el buen viejo mundo.
2
Un Rolls Royce se detuvo silencioso ante el hotel. Era un coche largo, con carrocería de caoba. El conserje, acompañado del tintineo de su cadena, se llegó, presuroso, a la puerta giratoria.
Entró primero un hombre bajo, de tez amarillenta, barba negra muy recortada y carnosa nariz de dilatadas aletas. Vestía un ancho y largo abrigo y un bombín calado hasta las cejas.
El hombre se detuvo, esperando con cara de mal humor a su acompañante, una mujer muy bonita que estaba hablando con un joven que había salido de la columnata de la entrada al encuentro del automóvil. Despidiéndose con una leve inclinación, la mujer cruzó la puerta giratoria. Era la célebre Zoya Monroz, una de las cortesanas más elegantes de París. Llevaba un traje blanco de lana, con las mangas guarnecidas, de la muñeca al codo, de largas pieles de mono negro. Su sombrerito de fieltro era creación de la mejor casa de modas de París. Sus movimientos eran a la vez graciosos y lánguidos. Zoya era guapa, fina, alta, con cuello de cisne, boca un poco grande y naricita ligeramente respingona. Sus ojos, de un azul grisáceo, denotaban un carácter frío y voluptuoso.
—¿Vamos a almorzar, Rolling? —preguntó al hombre del bombín.
—No. Quiero hablar con él antes del almuerzo.
Zoya Monroz sonrió irónica, como si perdonara, condescendiente, el brusco tono de la respuesta. En aquel instante entró rápido el joven que había hablado con Zoya Monroz junto al automóvil. Llevaba, desabrochado, un viejo abrigo y sostenía en sus manos un bastón y un sombrero de fieltro. Su excitado rostro lo acribillaban incontables pecas rojizas. Su ralo y áspero bigote parecía pegado al labio superior. El hombre quiso tender la mano a Rolling, pero éste, sin sacar las suyas de los bolsillos del abrigo, dijo en tono aún más duro:
