
—Llega usted con un cuarto de hora de retraso, Semiónov.
—No he podido venir antes… Estaba ocupado en nuestro asunto… Mil perdones… Lo he arreglado todo… Están de acuerdo… Pueden salir mañana para Varsovia…
—Si sigue usted gritando de esta manera, lo echarán del hotel —observó Rolling, clavando en el joven sus ojos turbios, que nada bueno prometían.
—Perdone, hablaré en un hilo de voz… En Varsovia ya lo tienen todo preparado: los pasaportes, la ropa, las armas y demás. A primeros de mayo cruzarán la frontera…
—La señorita Monroz y yo vamos a almorzar —dijo Rolling—. Mientras, irá usted a ver a esos caballeros y les dirá que deseo entrevistarme con ellos después de las cuatro. Adviértales que, si piensan engañarme, los entregaré a la policía…
Esta conversación tuvo lugar a comienzos de abril de mil novecientos veintitantos.
3
En Leningrado, una barca de dos remos se detenía al amanecer junto al atracadero del club náutico del Krestovka.
Saltaron a tierra dos hombres y, junto al agua misma, sostuvieron una breve conversación. Uno de ellos hablaba en tono brusco e imperioso; el otro miraba el caudaloso, apacible y oscuro río. En el azul de la noche se iba extendiendo, tras los bosques de la isla Krestovski, el rosa primaveral de la aurora.
Los dos hombres se inclinaron sobre la barca, y la llama de una cerilla iluminó sus rostros. Sacaron del fondo de la embarcación unos envoltorios, el hombre que callaba se ocultó con ellos en el bosque, y el que había hablado saltó a la barca, empujó con un remo y, apresurado, hizo chirriar los escalamos. La silueta del hombre que iba a los remos cruzó una franja de agua iluminada por la aurora y se esfumó luego en la sombra de la orilla opuesta. Una dulce ola golpeó el embarcadero.
