– Es usted muy elocuente, Danglard, pero yo no he dicho que se viera en su cara. He dicho que era algo monstruoso que supuraba desde el fondo de su ser. Es una supuración, Danglard, y yo, a veces, la veo rezumar. La he visto pasear por la boca de una muchacha, como habría visto correr una cucaracha sobre esta mesa. No puedo evitar saberlo cuando algo no funciona en alguien. Puede tratarse del placer del crimen, pero también de otras cosas, cosas menos graves. Los hay que no segregan sino su hastío, o sus penas de amor, y eso también se reconoce, Danglard, se respira, tanto si es lo uno como lo otro. Sin embargo, cuando es lo otro, ya sabe, cuando se trata del crimen, entonces creo que también lo sé.

Danglard levantó la cabeza y su cuerpo estaba menos blando que de costumbre.

– No importa que usted crea ver cosas en la gente, que crea ver cucarachas en los labios, que crea que sus impresiones son revelaciones, porque son sólo suyas, y usted cree que los seres supuran, y eso es falso. La verdad, que también es pobre y banal, es que todos los hombres son rencorosos del mismo modo que tienen pelos en la cabeza, y que todos pueden perder el norte y matar. Estoy seguro de ello. Todos los hombres pueden violar y matar, y todas las mujeres pueden dejarnos patidifusos, como esa de la Rué Gay-Lussac el mes pasado. Todo depende de lo que se ha vivido, todo depende de las ganas que se tengan de perderse en el oscuro cieno y arrastrar a los demás. No es necesario supurar desde el nacimiento para desear aplastar a la tierra entera como castigo a la propia náusea.

– Ya le dije, Danglard -dijo Adamsberg frunciendo el ceño e interrumpiendo su dibujo-, que después de la historia del perrazo, me encontraría usted detestable.

– Digamos peligroso -refunfuñó Danglard-. No hay que creerse tan fuerte.



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