
– No hay nada fuerte en ver cucarachas moviéndose. Lo que le cuento no lo puedo remediar. Para mi vida es incluso un cataclismo. Ni una sola vez me he equivocado respecto a alguien, y siempre he sabido si estaba de pie, tumbado, triste, si era inteligente, falso, si estaba destrozado, si era indiferente, peligroso, tímido, todo eso, ¿entiende?, ¡ni una sola vez! ¿Puede usted imaginar lo terrible que puede llegar a ser? Muchas veces suplico para que la gente me sorprenda, cuando empiezo a vislumbrar el fin desde el principio. Durante toda mi vida, por así decirlo, no he conocido sino los comienzos, y siempre he conservado la esperanza. Sin embargo, inmediatamente el fin se dibujaba ante mis ojos, como en una mala película en la que adivinamos quién se va a enamorar de quién y quién va a tener un accidente. Entonces, y a pesar de todo, vemos la película, pero es demasiado tarde porque ya se ha jodido.
– Admitamos que es usted intuitivo -dijo Danglard-. El olfato del poli, eso es lo único que le concedo. Pero incluso de eso nadie tiene derecho a aprovecharse, es demasiado arriesgado, demasiado odioso. No, incluso después de veinte años, jamás llegamos a conocer a los demás.
Adamsberg apoyó la barbilla en la palma de la mano. El humo de su cigarrillo hizo que le brillaran los ojos.
– Quíteme este conocimiento, Danglard. Líbreme de él, es todo lo que espero.
– Los hombres no son bichos -continuó Danglard.
– No. A mí me gustan, y los bichos me importan un bledo; lo que piensan, lo que quieren. Aunque también los bichos tengan sus mecanismos, no es lo mismo.
– Es verdad -admitió Danglard.
– Danglard, ¿ha cometido usted algún error judicial?
– ¿Ha leído mi expediente? -dijo Danglard mirando de soslayo a Adamsberg que fumaba y dibujaba.
– Si le digo que no, me reprochará que juego a ser un mago. Y sin embargo no lo he leído. ¿Qué ocurrió?
– Una chica. Se había cometido un robo en la joyería en la que trabajaba.
