
Adrien Danglard le esperaba en el despacho, con un vaso de plástico en la mano lleno de vino blanco y sentimientos encontrados en el rostro.
– Comisario, faltan las botas del joven Vernoux. Unas botas bajas con hebillas.
Adamsberg no dijo nada. Trató de respetar el disgusto de Danglard.
– No he querido hacerle una demostración esta mañana -le dijo-, no puedo evitar que haya sido el joven Vernoux el asesino. ¿Ha buscado las botas?
Danglard puso una bolsa de plástico sobre la mesa.
– Aquí están -suspiró-. El laboratorio ya ha empezado a trabajar, pero sólo con echar un vistazo está claro que hay arcilla de la obra en las suelas, tan pegajosa que el agua de la alcantarilla no la ha quitado. Unos zapatos muy bonitos. Es una pena.
– ¿Estaban en la alcantarilla?
– Sí, a veinticinco metros río abajo de la boca más próxima a su casa.
– Danglard, trabaja usted deprisa.
Se produjo un silencio entre los dos hombres. Adamsberg se mordió los labios. Había cogido un cigarrillo, sacado un lápiz del bolsillo yapoyado un papelito sobre sus rodillas. Pensó: «Este tipo me va a soltar un discurso, está enfadado, impresionado, jamás debí contarle la historia del perrazo que babeaba, jamás debí decirle que Patrice Vernoux supuraba crueldad como el chaval de la montaña».
No debió hacerlo. Adamsberg miró a su colega. El cuerpo grande y blando de Danglard, que había adquirido en la silla la forma de una botella a punto de derretirse, estaba tranquilo. Había metido sus enormes manos en los bolsillos de su bonito traje, había dejado el vaso en el suelo, tenía la mirada fija en el vacío, e incluso así, Adamsberg vio que era excesivamente inteligente. Danglard dijo:
– Le felicito, comisario.
Luego se levantó, como había hecho antes, doblando primero la parte superior de su cuerpo hacia delante, después alzando el trasero, y después, por fin, irguiéndose.
