
– Tengo que decirle -añadió volviéndose de espaldas a medias- que, después de las cuatro de la tarde, parece ser que no valgo gran cosa, como usted sabe. Si tiene algo que pedirme, hágalo por la mañana. Y en cuanto a la persecución, el disparo, la caza del hombre y otras fruslerías, ni lo intente, tengo la mano temblorosa y las rodillas débiles. Aparte de eso, podemos utilizar mis piernas y mi cabeza. Creo que mi cabeza no está demasiado mal construida, aunque me parece muy diferente de la suya. Un colega zalamero me dijo un día que, si yo seguía siendo inspector, con lo que le doy a la botella, era gracias a la benevolencia ciega de algunos superiores y porque había realizado la hazaña de tener dos veces gemelos, cosa que suma cuatro hijos si se hace bien la cuenta, a los que educo solo porque mi mujer se fue con su amante a estudiar las estatuas de la isla de Pascua. Cuando era un recién nacido, es decir, cuando tenía veinticinco años, quería escribir las Memorias de ultratumba o nada. No le sorprenda si le digo que eso ha cambiado completamente. Bueno. Recojo las botas y voy a ver a Patrice Vernoux y su novia que me esperan ahí al lado.
– Danglard, le aprecio mucho -dijo Adamsberg mientras dibujaba.
– Creo que lo sé -dijo Danglard recogiendo su vaso.
– Pida al fotógrafo que se presente aquí mañana por la mañana y acompáñele. Quiero una descripción y clichés precisos del círculo de tiza azul que seguramente será trazado esta noche en París.
– ¿Del círculo? ¿Se refiere a esa historia de redondeles alrededor de chapas de botellas de cerveza? ¿«Víctor mala suerte qué haces fuera»?
– A eso me refiero, Danglard. Exactamente a eso.
– Pero si es una estupidez… Qué es lo que…
Adamsberg movió la cabeza con impaciencia.
– Lo sé, Danglard, lo sé, pero hágalo. Se lo ruego. Y no hable de ello con nadie, de momento.
