
– Y le salpicó.
– Así fue. ¿Cómo lo sabe?
– Hubo un chico, el que construyó la columnata del Louvre, que murió así, por culpa de un pajarraco podrido extendido sobre una mesa. Pero fue hace mucho tiempo y era un pajarraco. Realmente es muy grande la diferencia.
– Pero la putrefacción es la putrefacción. La putrefacción me saltó a los ojos y me vi lanzado a la oscuridad. Todo terminó, ya no podía ver. Mierda.
– Una leona asquerosa. Yo conocí un animal así. ¿Cuánto tiempo hace?
– Once años. Si fuera posible, seguro que en este momento la leona seguiría riéndose a carcajadas. Bueno, ahora yo también me río a veces. Pero no entonces. Un mes después volví al laboratorio y lo destrocé todo, esparcí putrefacción por todas partes, quería que la putrefacción saltara a los ojos de todo el mundo y lancé por los aires todo el trabajo del equipo sobre la locomoción de los felinos. Por supuesto, no logré la menor satisfacción. Estaba decepcionado.
– ¿De qué color eran sus ojos?
– Negros como vencejos, negros como las hoces del cielo.
– Y ahora, ¿cómo son?
– Nadie se ha atrevido a describírmelos. Negros, rojos y blancos, creo. A la gente se le hace un nudo en la garganta cuando los ve. Imagino que el espectáculo es espeluznante. Jamás me quito las gafas.
– Pues yo quiero verlos -dijo Mathilde-, si realmente usted quiere saber cómo son. A mí lo espeluznante no me impresiona.
– Eso dicen y luego lloran.
– Un día, haciendo submarinismo, un tiburón me mordió la pierna.
– De acuerdo, no debe de ser muy agradable.
– ¿Qué es lo que más siente no poder ver?
– Sus preguntas me matan. No vamos a hablar de leones, tiburones y bichos asquerosos todo el día, ¿verdad?
– No, por supuesto que no.
– Echo de menos a las chicas. Es normal.
– ¿Las chicas se fueron después de la leona?
– Eso parece. Usted no me ha dicho por qué seguía a esa mujer.
