– Por nada. Yo sigo a cantidad de gente, ¿sabe? Es más fuerte que yo.

– ¿Su amante se fue después del tiburón?

– Se fue y vinieron otros.

– Es usted una mujer singular.

– ¿Por qué lo dice? -dijo Mathilde.

– Por su voz.

– ¿Qué oye usted en las voces?

– ¡Vamos, no puedo decírselo! ¿Qué me quedaría, Dios mío? Señora, hay que dejar algo al ciego -dijo el hombre sonriendo.

Se levantó para marcharse. Ni siquiera se había terminado su copa.

– Espere. ¿Cómo se llama? -dijo Mathilde.

El hombre titubeó.

– Charles Reyer -dijo.

– Gracias. Yo me llamo Mathilde.

El ciego guapo dijo que era un nombre bastante elegante, que la reina Mathilde había reinado en Inglaterra en el siglo XII, y luego se fue, guiándose con un dedo a lo largo de la pared. A Mathilde le importaba un carajo el siglo XII y vació la copa del ciego frunciendo el ceño.

Durante mucho tiempo, semanas enteras, en el transcurso de sus excursiones por las aceras, Mathilde buscó al mismo tiempo al ciego guapo con el rabillo del ojo. No le encontró. Le calculaba treinta y cinco años.


Le habían nombrado comisario en París, en el distrito 5. A pie se dirigía a su nuevo despacho, en el que llevaba doce días.

Afortunadamente era París.

La única ciudad del país que podía gustarle. Durante mucho tiempo creyó que el lugar donde vivía le era indiferente, indiferente como los alimentos que comía, indiferente como los muebles que le rodeaban, indiferente como le resultaban los trajes que llevaba, que le habían dado, que había heredado o encontrado vaya a saber dónde.

Sin embargo, al final, no era tan sencillo encontrar el lugar donde vivir. Jean-Baptiste había recorrido descalzo las pedregosas montañas de los Bajos Pirineos. Allí había vivido y dormido, y más tarde, cuando se hizo poli, había investigado en asesinatos, asesinatos en pueblos de piedra, asesinatos en senderos llenos de minerales. Sabía de memoria el ruido que hacen las piedras bajo los pies, y la montaña que atrae hacia sí y amenaza como un musculoso anciano. En la comisaría en la que se había estrenado a los veinticinco años, decían que estaba «asilvestrado». Seguramente se referían a su insociabilidad, a su soledad, no lo sabía exactamente, pero no le parecía original ni halagador.



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