
– No lo sé. Un día vi a mi madre acostándose con un compañero de clase, aunque la pobre mujer era bastante fiel. Cerré la puerta y recuerdo que lo único que pensé fue que el chico tenía un lunar verde en la espalda, pero que seguramente mamá no lo había visto.
– No sé qué tiene que ver conmigo -había protestado el chico, molesto-. Si usted es más valiente que yo, es asunto suyo.
– No, pero no importa. ¿Le parece que su madre está triste?
– Naturalmente.
– Bueno. Muy bien. No vaya demasiado a verla.
Y luego había dicho al joven que se fuera.
Adamsberg entró en la comisaría. Su inspector preferido, de momento, era Adrien Danglard, un hombre no muy guapo, muy bien vestido, con el vientre y el culo bajos, que bebía bastante y no parecía muy fiable después de las cuatro de la tarde, y a veces antes. Sin embargo era real, muy real, y Adamsberg aún no había encontrado otro término para definirle. Danglard le había dejado sobre su mesa un resumen del archivo de los clientes del comerciante de tejidos.
– Danglard, me gustaría ver hoy a ese joven, Patrice Vernoux.
– ¿Otra vez, señor comisario? Pero ¿qué quiere de ese pobre chico?
– ¿Por qué dice «pobre chico»?
– Es tímido, se está repeinando sin parar, es conciliador, hace esfuerzos por agradarle, y cuando le espera, sentado en el pasillo, sin saber lo que usted va a preguntarle, parece tan desconcertado que da un poco de pena. Por eso digo «pobre chico».
– Danglard, ¿no ha advertido usted nada más?
Danglard movió la cabeza.
– ¿No le he contado la historia del perrazo baboso? -le preguntó Adamsberg.
– No. Debo decir que no.
– Después, usted me considerará el poli más asqueroso de la tierra. Tiene usted que sentarse un momento, hablo muy despacio, me cuesta mucho resumir, a veces incluso me despisto.
