– No te quedes ahí como un idiota. Ven y ayúdame.

– No creerás que un hombre de mi talento…

La toalla blanca, empapada, lanzada con una fuerza y puntería extraordinarias, lo golpeó en el centro del pecho. Gabriel la escurrió en un cubo y se arrodilló a su lado.

– Ha habido un atentado en Viena -susurró Chiara, con los labios pegados al cuello de Gabriel-. Él está aquí. Quiere verte.


El agua lamía la entrada de la casa del canal. Cuando Gabriel abrió la puerta, el agua se extendió por el vestíbulo de mármol. Observó el daño y luego, resignado, siguió a Chiara escaleras arriba. La habitación estaba casi a oscuras. Un hombre mayor estaba junto a la ventana salpicada por la lluvia, inmóvil como las figuras del retablo de Bellini. Vestía un traje oscuro y una corbata de color plata. La cabeza calva tenía la forma de una bala; su rostro, muy bronceado y surcado por grietas y fisuras, parecía haber sido tallado en una piedra del desierto. El viejo no lo saludó. Se quedó contemplando el agua que desbordaba el canal, con una expresión fatalista, como si estuviese presenciando el principio del diluvio que acabaría con la maldad del hombre. Gabriel sabía que Ari Shamron estaba a punto de informado de una muerte. La muerte los había unido al principio y la muerte continuaba siendo la base de su vínculo.

3

VENECIA

En los pasillos y despachos de los servicios de inteligencia israelíes, Ari Shamron era una leyenda. Incluso más, era la encarnación del servicio. Había estado en cortes reales, robado los secretos de los tiranos y matado a los enemigos de Israel. Algunas veces con sus propias manos. Su mayor logro lo había conseguido una noche lluviosa de mayo, en 1960, en un suburbio obrero, al norte de Buenos Aires, cuando había saltado del asiento trasero de un coche para capturar a Adolf Eichmann.



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