
Cuando llegó al Rio Terrà San Leonardo, el agua amenazaba con entrarle por las botas. Entró en un callejón y lo siguió hasta un pequeño puente de madera provisional que cruzaba el Rio di Ghetto Nuovo. Llegó a un círculo de bloques de apartamentos que estaban a oscuras, cuya única particularidad era ser más altas que los otros edificios de Venecia. Siguió por un pasaje inundado que desembocaba en una gran plaza. Un par de barbudos estudiantes de la yeshiva se cruzaron en su camino. Caminaban de puntillas por la plaza inundada en dirección a la sinagoga, y los empapados flecos de sus tallit katan se les pegaban a los pantalones. Dobló a la izquierda y caminó hasta la puerta del número 2.899. En la pequeña placa de latón estaba escrito Comunità Ebraica di Venezia. Tocó el timbre y se oyó la voz de una anciana por el interfono.
– Soy Mario.
– No está aquí.
– ¿Dónde está?
– Está ayudando en la librería. Una de las otras chicas está enferma.
Entró por una puerta de cristal en un edificio vecino y se quitó la capucha. A su izquierda estaba la entrada del modesto museo del gueto; a la derecha una atractiva librería, brillantemente iluminada. Una muchacha de pelo rubio, corto, sentada en un taburete detrás del mostrador, se apresuraba a cerrar la caja. Se llamaba Valentina. Sonrió a Gabriel y señaló con la punta del lápiz hacia el ventanal que ocupaba toda la pared y que daba al canal. Una mujer arrodillada en el suelo intentaba secar el agua que se filtraba por las supuestas juntas impermeables del cristal. Era increíblemente hermosa.
– Les dije que las juntas no aguantarían -comentó Gabriel-. Fue desperdiciar el dinero.
Chiara levantó la cabeza de repente. Su pelo era oscuro, rizado y tenía destellos castaños rojizos. Apenas sujeto por un broche en la nuca, caía desordenadamente sobre sus hombros. Sus ojos eran de un color caramelo con chispas de oro. Tendían a cambiar de color según su humor.
