
El señor Ramsey no respondió. Pero no pudo disimular una expresión de humillación, ira y frustración.
—Bien —dijo el señor Tagomi—, luego consulté el oráculo otra vez. Por razones de política no puedo repetirle la pregunta, señor Ramsey. —El señor Tagomi quería decir en otras palabras que Ramsey y toda la clase de los pinocs no estaban autorizados a compartir las cuestiones importantes. —Baste decir, sin embargo, que recibí una respuesta muy provocativa. Me hizo meditar largo rato.
Tanto el señor Ramsey como la señorita Ephreikian lo miraron atentamente.
—Se refiere al señor Baynes.
Los otros dos asintieron.
—En mi pregunta acerca del señor Baynes las operaciones ocultas del Tao me dieron el hexagrama Sheng, Cuarenta y seis. Buen augurio. Un seis en el comienzo y un nueve en la segunda línea.
La pregunta había sido: “¿Tendré éxito en mis tratos con el señor Baynes?” Y el nueve en la segunda le había asegurado que sí:
Si uno es sincero,
basta una pequeña ofrenda.
No hay culpa.
El señor Baynes, obviamente, quedaría satisfecho con cualquier regalo que pudiera recibir de la Misión Comercial mediante los buenos oficios del señor Tagomi. Pero al hacer la pregunta, el señor Tagomi había estado preocupado con otro problema más profundo, del que apenas había tenido conciencia. Y como muchas otras veces, el oráculo había advertido la duda más importante, y había respondido no sólo a la pregunta formulada en voz alta sino también a la otra, la subliminal.
—Como sabemos —dijo el señor Tagomi—, el señor Baynes nos trae unos informes detallados acerca de un nuevo molde de inyección inventado en Suecia. Si llegamos a un acuerdo con la firma del señor Baynes podríamos reemplazar muchos metales hoy escasos por materiales plásticos.
