—No, señor.

Childan contempló morosamente el día cálido y brillante y los rascacielos de San Francisco, del otro lado del escaparate.

—Alguna otra cosa entonces. ¿Qué me recomienda usted, señor Childan?

Tagomi había pronunciado mal el nombre, deliberadamente. Un insulto, dentro de los límites del código. Robert Childan, realmente mortificado, sintió que se le enrojecían las orejas. Las aspiraciones, temores y tormentos que lo consumían diariamente salieron a la superficie, abrumándolo, paralizándole la lengua. Se tambaleó, sosteniendo el teléfono con una mano húmeda. En la tienda flotaba el aroma de las caléndulas, sonaba la música, pero Childan sentía como si estuviese precipitándose cabeza abajo en las aguas de un mar distante.

—Bueno… —alcanzó a murmurar—. Una mantequera. Una máquina para preparar helados de 1900. —La mente se le rebelaba, resistiéndose a pensar. Precisamente ahora que estaba olvidando, cuando ya casi había llegado a engañarse a sí mismo. Tenía treinta y ocho años y aún podía recordar los días de preguerra, los otros tiempos. Franklin D. Roosevelt y la Feria Mundial, el mundo mejor de antes —¿Quiere que le lleve algún artículo adecuado a su oficina? —tartamudeó.

Arreglaron una cita para las dos de la tarde. Tendré que cerrar la tienda, pensó Childan cuando colgó el tubo. No había otra alternativa. No podía perder la buena voluntad de los clientes de este tipo. El negocio dependía de ellos.

Estremeciéndose aún, advirtió que alguien —una pareja —había entrado en la tienda. Un joven y una muchacha. Los dos de cara agradable, bien vestidos. Los clientes ideales. Se serenó y se acercó a ellos profesionalmente, con ademanes desenvueltos, sonriendo. Se habían inclinado a mirar un mostrador de tapa de vidrio y examinaban ahora un hermoso cenicero. Casados, imaginó Childan. Gentes que vivían en la Ciudad de las Nieblas Flotantes, los nuevos rascacielos que dominaban Belmont.



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