—Hola —dijo, y se sintió mejor.

Los jóvenes le sonrieron agradablemente, sin aires de superioridad. Parecían impresionados. Los objetos de la tienda eran realmente los mejores de su clase en toda la costa. Childan sonrió agradecido. Los jóvenes entendieron.

—Piezas realmente excelentes, señor —dijo el joven.

Childan saludó espontáneamente con una reverencia.

La pareja miraba amablemente a Childan, con la satisfacción de compartir los mismos gustos, de apreciar del mismo modo aquellos objetos de arte, agradeciéndole que tuviera en la tienda todas aquellas cosas, que ellos podían ver, tomar, examinar, y sin ningún compromiso. Sí, pensó Childan, saben en qué tienda están. No hay aquí chucherías para turistas, letreros camineros de madera, anillos de fantasía o postales con vistas del Puente. Los ojos de la joven eran grandes y oscuros. Qué fácil hubiese sido, pensó Robert Childan, haberme enamorado de una muchacha como esta, y qué trágica hubiera sido mi vida entonces, quizá todavía peor que ahora. La muchacha tenía un peinado alto y complicado, las uñas pintadas, y unos aros largos en las orejas, de bronce, fabricados a mano.

—Los aros —murmuró Childan—, ¿los compró aquí?

—No —dijo la joven—. En casa.

Childan asintió. No había arte norteamericano contemporáneo. En las tiendas como la suya sólo se exhibían las obras de otra época.

—¿Estarán aquí mucho tiempo? —preguntó —¿En San Francisco?

—No tenemos fecha de regreso —dijo el hombre—. Estoy aquí con la Comisión Panificadora de Normas de Vida para las Áreas Infortunadas.

El joven parecía orgulloso. No era militar. No era uno de esos rústicos conscriptos, de cara codiciosa, que vagabundeaban por la calle Market, abriendo la boca ante los espectáculos impúdicos, las películas eróticas, las galerías de tiro, los clubes nocturnos baratos con fotos de rubias maduras que se sostenían los pechos y sonreían, los cafetines con orquestas de jazz que se amontonaban en los barrios bajos de San Francisco, galpones de lata y madera que habían brotado de las ruinas aun antes que cayera la última bomba. No, este hombre pertenecía a la élite. Culto, educado, aun más que el señor Tagomi, que al fin y al cabo era sólo un oficial jerárquico a cargo de la Misión Comercial. Tagomi, un hombre viejo, se había formado en los días del gabinete de guerra.



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