La radio del pedetaxi aullaba melodías populares, compitiendo con las radios de los otros taxis, coches y ómnibus. Childan no oía, estaba acostumbrado. Ni siquiera veía los enormes avisos de neón que ocultaban los frentes de casi todos los edificios mayores. Al fin y al cabo Childan tenía también su letrero: a la noche se apagaba y encendía junto con todos los otros de la ciudad. ¿De qué otro modo era posible hacer propaganda? Había que ser realista.

En verdad, los rugidos de las radios, el ruido del tránsito, los letreros y la gente lo arrullaban de algún modo. Le sacaban las preocupaciones. Y era agradable, además, ser llevado por otro ser humano, sentir los músculos tensos del chink en las vibraciones regulares del coche. Una especie de máquina para relajar los músculos, reflexionó Childan. Y era bueno también ocupar, aunque fuese momentáneamente, una posición más elevada.

Sacudió la cabeza, sintiéndose culpable. Había que planear muchas cosas. No era hora de soñar despierto. ¿Estaba apropiadamente vestido para entrar en el edificio del Times nipón? Se marcaría seguramente en el ascensor de alta velocidad. Pero tenía tabletas para prevenir los malos efectos del movimiento. Un producto alemán. Los modos de presentarse… los conocía todos. A quién tratar con cortesía, a quién con rudeza. Brusco con el portero, el ascensorista, la recepcionista, el guía, el personal de servicio. Una reverencia delante de los japoneses, por supuesto, aunque tuviese que inclinarse doscientas veces. Pero los pinocs eran un área nebulosa. Una reverencia, pero con la mirada perdida, como si no existiesen. ¿No había otra situación posible? Podía tropezar con un visitante extranjero. A veces uno se encontraba con alemanes en las Misiones, y también con neutrales.



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