
Sin embargo, recordó, había habido un señor Omuro que había comprado el dominio de una vasta zona de edificios de renta en los barrios bajos de San Francisco, y que durante un tiempo había sido propietario de la casa donde vivía Frank. Una manzana realmente podrida. Un pillo que nunca hacía reparaciones, dividía las habitaciones en unidades cada vez más pequeñas, y elevaba constantemente los alquileres. Había desvalijado así a los pobres, especialmente a los ex militares desocupados, durante los años de depresión, en los comienzos de la década del cincuenta. Al fin una misión comercial japonesa le había cortado la cabeza a Omuro. Una violación semejante de las leyes civiles japonesas, duras, rígidas, pero justas, era algo muy raro. Los oficiales que comandaban las fuerzas de ocupación, especialmente los que habían aparecido luego de la disolución del gabinete de guerra, tenían fama de incorruptibles.
Frink se tranquilizó recordando la moral ruda —y estoica de las misiones comerciales. —Y hasta el mismo Wyndam-Matson podía llegar a ser apartado con un simple ademán, como una mosca molesta. Dueño o no dueño de la Corporación Wyndam-Matson. Por lo menos estas eran las esperanzas de Frink. Le sorprendía en verdad descubrir que tenía fe en la llamada Alianza para la Prosperidad del Pacífico. Era curioso. Cuando recordaba otros tiempos… Había parecido entonces un engaño tan obvio. Pura propaganda. Ahora sin embargo…
Salió de la cama y caminó tambaleándose hasta el baño. Mientras se lavaba y afeitaba escuchó las noticias del mediodía en la radio.
—No ridiculicemos este esfuerzo —dijo la radio cuando Frink cerró un momento el grifo de agua caliente.
