
Los planes se le sucedían en la mente mientras miraba la lámpara antigua del techo. Podía, por ejemplo, irse a vivir a los Estados de las Montañas Rocosas. Pero esas gentes tenían una cierta relación con los Estados del Pacífico y eran capaces de atender un pedido de extradición. ¿Y el Sur? Se estremeció. Oh, eso no. La posición de los hombres blancos era allí superior, pero no quería esa clase de posición.
Y además el Sur tenía una cantidad de lazos económicos, ideológicos, y otros poco conocidos con el Reich. Y Frank Frink era judío. Se llamaba, en verdad, Frank Fink. Había nacido en la costa este, en Nueva York, y en 1941 lo habían enganchado en el ejército de los Estados Unidos de América, poco después del colapso de Rusia. Cuando los japoneses tomaron Hawai lo habían enviado a la costa oeste. Y al terminar la guerra se encontró en territorio ocupado por el Japón. Y allí estaba todavía, quince años más tarde.
En 1947, el día de la capitulación, se había sentido bastante confundido. Odiaba a los japoneses y juró vengarse. Escondió por lo tanto las armas reglamentarias a tres nietros bajo tierra, en un sótano, para el día en que él y sus compañeros se rebelaran. Sin embargo, el tiempo lo cura todo, una verdad que no había tenido en cuenta. Cuando recordaba ahora aquellos planes, los baños de sangre, la purga de los pinocs y de sus amos, creía hojear una vieja agenda de los años de bachillerato, un resumen de las aspiraciones de la adolescencia. Frank Frink, alias Pececito Dorado, va a ser paleontólogo y jura casarse con Norma Prout. Norma Prouf era la schönes Mädchen de la clase, y Frank había jurado realmente casarse con ella. Eso había ocurrido hacía ya tanto tiempo, casi en la época en que escuchaba a Fred Allen o había películas protagonizadas por W.C. Fields. Desde 1947 había visto probablemente a unos seiscientos mil japoneses, y el deseo de destruirlos nunca se había materializado. Ahora ya no importaba.
