
– ¿Qué ocurre?
Scott vaciló. No estaba seguro de cómo expresarlo con palabras.
– He encontrado una carta preocupante entre sus cosas -dijo.
Sally vaciló también.
– ¿Por qué estabas husmeando entre sus cosas? -preguntó.
– Eso es irrelevante. El caso es que la he encontrado.
– No creo que sea irrelevante. Deberías respetar su intimidad.
Él se enfadó, pero decidió contenerse.
– Se dejó fuera unos calcetines y unas braguitas. Los estaba guardando en el cajón y entonces vi la carta. La leí y me preocupó. Supongo que no debería haberla leído, pero lo hice. ¿En qué me convierte eso, Sally?
Ella no respondió, aunque se le ocurrieron varias respuestas.
– ¿Qué clase de carta es? -preguntó en cambio.
Scott se aclaró la garganta, una maniobra habitual para ganar un poco de tiempo, y dijo simplemente:
– Escucha.
Y le leyó la carta.
Cuando terminó, el silencio se prolongó.
– No parece tan malo -dijo Sally finalmente-. Tiene un admirador secreto.
– Admirador secreto. Suena a expresión victoriana.
Ella ignoró el sarcasmo y guardó silencio.
Scott esperó un instante.
– Según tu experiencia profesional -preguntó luego-, ¿no crees que tiene cierto tono de obsesión? ¿De compulsión tal vez? ¿Qué clase de persona escribe una carta así?
