A medida que fueron pasando los años tras la separación, Ashley se convirtió en lo único que los mantenía en contacto, y por eso sus temas se ceñían principalmente a asuntos de transporte entre una casa y otra y al pago de las facturas. A lo largo de los años habían alcanzado una especie de pacto de no agresión, y trataban estos asuntos de manera eficiente y superficial. Hablaban poco o nada sobre en qué se había convertido cada uno y por qué; era, pensaba ella, como si en los recuerdos y percepciones de ambos sus vidas se hubieran congelado en el momento del divorcio.

– ¿Qué ocurre?

Scott vaciló. No estaba seguro de cómo expresarlo con palabras.

– He encontrado una carta preocupante entre sus cosas -dijo.

Sally vaciló también.

– ¿Por qué estabas husmeando entre sus cosas? -preguntó.

– Eso es irrelevante. El caso es que la he encontrado.

– No creo que sea irrelevante. Deberías respetar su intimidad.

Él se enfadó, pero decidió contenerse.

– Se dejó fuera unos calcetines y unas braguitas. Los estaba guardando en el cajón y entonces vi la carta. La leí y me preocupó. Supongo que no debería haberla leído, pero lo hice. ¿En qué me convierte eso, Sally?

Ella no respondió, aunque se le ocurrieron varias respuestas.

– ¿Qué clase de carta es? -preguntó en cambio.

Scott se aclaró la garganta, una maniobra habitual para ganar un poco de tiempo, y dijo simplemente:

– Escucha.

Y le leyó la carta.

Cuando terminó, el silencio se prolongó.

– No parece tan malo -dijo Sally finalmente-. Tiene un admirador secreto.

– Admirador secreto. Suena a expresión victoriana.

Ella ignoró el sarcasmo y guardó silencio.

Scott esperó un instante.

– Según tu experiencia profesional -preguntó luego-, ¿no crees que tiene cierto tono de obsesión? ¿De compulsión tal vez? ¿Qué clase de persona escribe una carta así?



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