Sally tomó aire y se preguntó lo mismo.

– ¿Te ha mencionado ella algo? ¿Algo sobre esto? -insistió Scott.

– No.

– Eres su madre. ¿No acudiría a ti si tuviera algún problema con los hombres?

La expresión «problema con los hombres» quedó suspendida entre ambos, reverberando con furia.

– Sí, supongo que sí. Pero no lo ha hecho.

– Bueno, cuando fue a visitarte, ¿no te dijo nada? ¿No advertiste nada en su conducta?

– No. ¿Y tú? Pasó un par de días en tu casa.

– Tampoco. Apenas la vi. Estuvo saliendo con algunas amigas del instituto. Ya sabes, se marchaba a cenar y regresaba a las dos de la madrugada, dormía hasta mediodía y luego se entretenía por la casa hasta la hora de marcharse otra vez.

Sally Freeman-Richards inspiró hondo.

– Bueno, Scott -dijo muy despacio-, no estoy segura de que se trate de algo para preocuparse. Si Ashley tiene algún problema, tarde o temprano lo hablará con alguno de nosotros. Tal vez deberíamos darle tiempo. Y no creo que tenga sentido dar por sentado que hay un problema antes de oírlo directamente de su boca. Creo que estás exagerando.

«Una respuesta muy razonable», pensó Scott. Muy reveladora. Muy liberal. Muy en sintonía con quiénes eran y dónde vivían. Y completamente equivocada.

Ella se levantó y se acercó a un mueble antiguo en un rincón del salón, se tomó un momento para ajustar un plato chino expuesto en una balda y dio un paso atrás para examinarlo con ceño. En la distancia, oí a algunos niños jugando bulliciosamente, pero en la sala donde estábamos no había más que un tictac de tensión.

– ¿Cómo supo Scott que algo iba mal? -preguntó ella por segunda vez.

– Exacto. La carta, tal como tú la citas, podría haber significado cualquier cosa. Su ex esposa fue lista al no precipitarse a ninguna conclusión.

– Muy propio de los abogados, ¿no?



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