
– ¿Está seguro de que quiere esto?
– Estoy seguro -respondió Michael O'Connell.
– Nunca he hecho un tatuaje así.
– Alguna vez tiene que ser la primera.
– Espero que sepa lo que está haciendo. Le va a doler un par de días.
– Siempre sé lo que estoy haciendo -respondió O'Connell. Apretó los dientes para soportar el dolor y se acomodó en el sillón.
El grueso hombretón empezó a trabajar en el dibujo. Michael O'Connell había escogido un corazón escarlata atravesado por una flecha que goteaba lágrimas de sangre. En el centro, el tatuaje tendría las iniciales AF; lo novedoso del tatuaje era su emplazamiento. Vio al artista esforzarse un poco. Le resultaba más difícil perfilar el corazón y las iniciales en la planta del pie de O'Connell que a éste mantener el pie en alto y firme. La aguja iba marcando la piel de aquel sitio sensible. Allí podías hacerle cosquillas a un niño, o acariciar a una amante. O utilizarlo para aplastar un bicho. Era el sitio más adecuado para la multiplicidad de sus sentimientos, pensó.
Michael O'Connell era un hombre con pocas relaciones exteriores, pero gruesas cuerdas, alambres de espino y sólidos candados lo constreñían por dentro. Medía casi un metro ochenta y tenía una densa mata de pelo oscuro y rizado. Ancho de hombros, resultado de muchas horas levantando pesas en el instituto, y estrecho de cintura, sabía que era guapo. Tenía magnetismo en su forma de alzar las cejas y en la manera en que abordaba cualquier situación. Afectaba cierto descuido en su vestimenta que lo hacía parecer familiar y amistoso; prefería la pana al cuero para encajar mejor con la población estudiantil, y evitaba llevar nada que sugiriese dónde había crecido, como vaqueros demasiado ajustados o camisetas estrechas. Ahora caminaba por Boylston Street hacia Fenway. La brisa matinal producía pequeños remolinos con las hojas caídas y la basura de la calle. Percibía algo de New Hampshire en el aire, una nitidez que le recordaba su juventud.
