
– Sí lo entendemos como cautela, sí.
– ¿Y te parece que fue inteligente? -preguntó. Agitó una mano al aire, como descartando mis preocupaciones-. Él lo sabía por una corazonada, porque sí. Supongo que podríamos llamarlo instinto, aunque suene simplista. Es un poco el residuo animal que acecha en alguna parte de todos nosotros: cuando tienes la sensación, sabes que algo no va bien.
– Eso suena un poco traído por los pelos.
– ¿Sí? ¿Has visto alguno de esos documentales sobre la llanura del Serengeti en África? ¿Cuántas veces la cámara capta una gacela alzando la cabeza, aprensiva de repente? No puede ver al depredador que acecha, pero…
– De acuerdo, pero sigo sin ver cómo…
– Bueno -interrumpió ella-. Tal vez si conocieras al hombre en cuestión…
– Sí, supongo que eso podría ayudar. Después de todo, ¿no era ése el mismo problema al que se enfrentaba Scott?
– Lo fue. Naturalmente, al principio no sabía nada. No tenía ningún nombre, ni dirección, edad, descripción, carnet de conducir, número de la seguridad social, información laboral. Nada. Sólo tenía un sentimiento extremo expresado en una página y una sensación de preocupación arraigada en lo más hondo.
– Miedo.
– Sí, miedo. Y no completamente racional, como bien señalas. Estaba solo con su miedo. La clase más dura de ansiedad: peligro indefinido y desconocido. Una encrucijada difícil, ¿no?
– Sí -dije-. La mayoría de la gente no habría hecho nada.
– Al parecer Scott no era como la mayoría.
No respondí, yella inspiró profundamente antes de añadir:
– Pero si entonces, al principio, hubiera sabido contra quién se enfrentaba, se habría sentido… -Se interrumpió.
– ¿Cómo?
– Perdido.
2 Un hombre de ira inusitada
La aguja del tatuador zumbaba con una urgencia similar a un moscardón que revoloteara sobre su cabeza. El hombre de la aguja era un tipo grueso y musculoso, decorado con dibujos multicolores que se extendían como enredaderas por sus brazos, subían hasta sus hombros y se enroscaban en su cuello, para terminar en los colmillos de una serpiente bajo la oreja izquierda. Se agachó como si fuera a rezar, aguja en mano, para iniciar la tarea, pero vaciló y preguntó:
